Lo tuyo debe valer, más de lo que vos pensás...
Yo lo sé. Vos lo estás descubriendo.
Un año para recordar.
Salú.
domingo, 18 de diciembre de 2011
sábado, 17 de diciembre de 2011
Credo
Creo en las tardes enteras jugando a los playmobil con mis hermanos. En los veranos de tres meses en la casa con jardín de mis abuelos y en los asados en el quincho de esa casa. En los kartings de plaza Almagro con mi viejo y mi hermano. En volver a sentirme un chico mientras juego con mis hermanitas de seis y diez años. En los días a pura pileta en el club. En los atardeceres con Luz en la playita de Aguas Dulces, Uruguay. En el mar y sus olas. En las noches de verano. En viajar. En la murga uruguaya y en Alfredo Zitarrosa. En el fútbol como juego, no como negocio. En una peli pochoclera cada tanto. En hacer una lista antes de ir al supermercado. En la siesta, pero sin ejercer. En volver a sentirme útil. En el humor. En tus ojos que no mienten. En ser ordenado con la plata. En el periodismo, todavía.
En el miedo a envejecer. En el miedo a la muerte. En no tener religión, ni dios. En ser padre.
Y creo en mí, pero sólo a veces...
En el miedo a envejecer. En el miedo a la muerte. En no tener religión, ni dios. En ser padre.
Y creo en mí, pero sólo a veces...
jueves, 8 de diciembre de 2011
A fuego lento...
7 horas. 7 putas horas. Espere su turno. No golpee, espere a ser llamado. Forme una fila. Malos humores. Malos olores, también. Abone por ventanilla.
El vendedor de lapiceras tiene un discurso bien aceitado, sabe por donde apretar. Primero te orienta, te guía y acomoda a la gente en las filas correspondientes según los horarios de los turnos. Por acá los de las 11, acá los de 11:30 y allá los de las 12. En voz alta y clara repasa la documentación necesaria para hacer el trámite. Y cuando bajás la guardia, hace su movida: no pierda tiempo, compre su lapicera, luego no va a poder hacerlo y va a perder su turno. A 8 pesos vende sus milagrosas biromes. ¿Qué son 8 mangos a cambio de ahorrarse valioso tiempo en un trámite engorroso? Algunos caen, la compran y al finalizar su trámite, mientras van camino a sus casas, se preguntan si en algún momento la usaron.
Paciencia. Hay que tener paciencia. Es un trámite de 7 pasos, pero nunca se sabe cuánto va a demorar cada uno. Depende de la voluntad y las ganas del empleado que te atiende. Miro el número y el tablero electrónico: 80 numeritos adelante. Calculo un tiempo estimado. Fallo. Recalculo. Vuelvo a fallar.
El mal humor provoca roces y la gente discute. Por un asiento, por una mala contestación o por aburrimiento. Da igual. A un costado, dos perros callejeros se desperezan debajo del busto de Evita.
Pasa el tiempo y llega la primera instancia. Tus datos, una foto y la firma. Después llegan los exámenes visuales y auditivos. En el gabinete 4, sigue el test psicológico. Adelante de la psicóloga a cargo, dos hombres se insultan y se desafían a pelear porque uno se apuró a sentarse en el asiento que le correspondía al otro. La profesional, inmutable, espera a que terminen de pelearse para explicar la forma correcta de hacer los dibujos que había en las tarjetas que tenía en su mano.
El exámen físico consiste en cuatro o cinco preguntas que realiza un médico desganado, cuyas respuestas quedan a criterio de cada uno. Digas lo que digas, te creen. El teórico es rápido, si leíste las preguntas que figuran en diferentes páginas webs, no hay mayores problemas. De ahí, derechito al práctico. Si no te traicionan los nervios y sale todo bien, te entregan la P. Principiante.
Y de nuevo a esperar. Una larga fila, empleados desbordados y desganados. Al final del recorrido, una ventana cerrada y un grupo de gente expectante. Una señora rubia abre dos puertitas de madera hacia afuera con unos papeles y recita en tono monocorde una serie de nombres y apellidos. Luego, cierra la ventana y desaparece. Este ritual se repite en lapsos de tiempo aleatorios. Siempre de la misma manera. Hasta que dicen mi nombre.
Veo mi documento y mi licencia de conducir fresquita. Recién cocinada a fuego lento, muy lento. 7 horitas.
El vendedor de lapiceras tiene un discurso bien aceitado, sabe por donde apretar. Primero te orienta, te guía y acomoda a la gente en las filas correspondientes según los horarios de los turnos. Por acá los de las 11, acá los de 11:30 y allá los de las 12. En voz alta y clara repasa la documentación necesaria para hacer el trámite. Y cuando bajás la guardia, hace su movida: no pierda tiempo, compre su lapicera, luego no va a poder hacerlo y va a perder su turno. A 8 pesos vende sus milagrosas biromes. ¿Qué son 8 mangos a cambio de ahorrarse valioso tiempo en un trámite engorroso? Algunos caen, la compran y al finalizar su trámite, mientras van camino a sus casas, se preguntan si en algún momento la usaron.
Paciencia. Hay que tener paciencia. Es un trámite de 7 pasos, pero nunca se sabe cuánto va a demorar cada uno. Depende de la voluntad y las ganas del empleado que te atiende. Miro el número y el tablero electrónico: 80 numeritos adelante. Calculo un tiempo estimado. Fallo. Recalculo. Vuelvo a fallar.
El mal humor provoca roces y la gente discute. Por un asiento, por una mala contestación o por aburrimiento. Da igual. A un costado, dos perros callejeros se desperezan debajo del busto de Evita.
Pasa el tiempo y llega la primera instancia. Tus datos, una foto y la firma. Después llegan los exámenes visuales y auditivos. En el gabinete 4, sigue el test psicológico. Adelante de la psicóloga a cargo, dos hombres se insultan y se desafían a pelear porque uno se apuró a sentarse en el asiento que le correspondía al otro. La profesional, inmutable, espera a que terminen de pelearse para explicar la forma correcta de hacer los dibujos que había en las tarjetas que tenía en su mano.
El exámen físico consiste en cuatro o cinco preguntas que realiza un médico desganado, cuyas respuestas quedan a criterio de cada uno. Digas lo que digas, te creen. El teórico es rápido, si leíste las preguntas que figuran en diferentes páginas webs, no hay mayores problemas. De ahí, derechito al práctico. Si no te traicionan los nervios y sale todo bien, te entregan la P. Principiante.
Y de nuevo a esperar. Una larga fila, empleados desbordados y desganados. Al final del recorrido, una ventana cerrada y un grupo de gente expectante. Una señora rubia abre dos puertitas de madera hacia afuera con unos papeles y recita en tono monocorde una serie de nombres y apellidos. Luego, cierra la ventana y desaparece. Este ritual se repite en lapsos de tiempo aleatorios. Siempre de la misma manera. Hasta que dicen mi nombre.
Veo mi documento y mi licencia de conducir fresquita. Recién cocinada a fuego lento, muy lento. 7 horitas.
viernes, 4 de noviembre de 2011
PERFIL IGNACIO RIZZI - 4º PARTE
Fracasar
En el hospital de Toulouse lo recibió Sebastián Boero, un neurocirujano argentino. ¿Che, boludo, qué te pasó?, le preguntó y por unos segundos Ignacio se sintió como en su casa. Pero las palabras del médico rápidamente lo ubicaron en tiempo y espacio. Le dijo que se olvide de caminar, de pararse, de jugar al rugby. Un pronóstico lapidario para un joven deportista que recién empezaba a entrenarse con el equipo mayor de Villeneuve Sur Lot.
El seguro que había tramitado el día anterior junto al sudafricano y los dos rusos le cubrió la operación y los dos años siguientes de rehabilitación en Francia. Y Nacho lo aprovechó. Aunque con altibajos.
Al comienzo todas las noches se preguntaba por qué. Por qué le pasó a él. Por qué fue a buscar esa pelota. Por qué el medio scrum no le dio un mejor pase. Se pasaba el día esperando que no llegue la noche y la noche llegaba. Y las noches eran terroríficas. Y pensaba cómo iba a ser su vida sin poder caminar, correr, sin meterse en el mar. Cómo iba a ser su relación con la arena, el pasto, el agua. Ante semejante incertidumbre, Nacho encontró su forma. No es la única forma, simplemente es la que le sirvió para salir de la depresión y poder volver a empezar. Ponerse metas pequeñas. Objetivos a corto plazo. Re aprendizajes.
Volver a empezar fue duro. Muy duro. Siete horas de rehabilitación por día, todos los días. Y además del cronograma habitual de ejercicios, Nacho y su kinesióloga, Caroline, trabajaron en las metas a corto plazo. Motricidad fina. Afeitarse, peinarse, bañarse solo. No fue fácil. Tuvo que aprender a convivir con el fracaso y la frustración. Predisponerse a cumplir esos pequeños objetivos significaba tener la certeza de que iba a intentar y fallar muchas veces hasta poder lograrlo. Para poder pasarse de la silla de ruedas al auto estuvo varios meses intentando. Varios meses soportando caídas, tragando frustración. Tanto esfuerzo le dio resultados. Nacho tardaba entre 15 y 25 minutos en armar la silla, hoy tarda un minuto.
viernes, 21 de octubre de 2011
A los abuelos...
Domingo 32 de otoño - La Niebla -
este cuarto que no eligió
este mundo que no es el suyo
y estos ojos desconocidos que la miran
que la buscan,
y que aseguran conocerla.
Acá la niebla....
Más allá, también la niebla.
Sobre sus manos viejas
como de piel de papel
sobre los huesos
de antiguo barro valiente.
Todavia caminante,
y en el medio de toda esa niebla...
Ella..
Ella de espaldas a la ventana
herrumbrada de su presente baldío.
de frente al abismo de su pasado,
al velatorio continuo de sus memorias desvencijadas, famélicas, suicidas
A veces un sorbo de sol tibio
la separa de la niebla
y una lucidez con vida de mariposa
de dos segundos,
desesperada y heroica
consigue traer de nuevo a sus padres,
juntar nombres con rostros
y revivir un domingo hecho del tiempo
en el que su amor esta siempre vivo
en donde siempre hay baile
y en donde siempre hay risa
y en donde siempre es feliz como era...
un instante más y la mariposa caerá aplastada,
por el plomo implacable,
de una niebla invencible.
Beso su mejilla ahora...
incalculablemente distante,
Ella pregunta ..Quién soy?
La niebla otra vez lo invade todo.
Solita en un rincón,
de un tiempo que murió,
hace algún tiempo atrás,
sin horas ni reloj.
Ausente en ese vals
de cínico compás,
bailando en un montón
de niebla y soledad.
Y yo no sé,
no sé como llegar,
y solo sé,
tan solo sé cantar
y agradecer
que puedo recordar
tus caricias,
piel de sol y terciopelo.
Perdida entre tu piel
se rie tu niñez,
se rie y vos te vas;
te abrazo donde estés.
Y yo no sé,
no sé como llegar,
y solo sé,
tan solo sé cantar
y agradecer
que pude disfrutar
de tus mimos de budín
y caramelo.
de un tiempo que murió,
hace algún tiempo atrás,
sin horas ni reloj.
Ausente en ese vals
de cínico compás,
bailando en un montón
de niebla y soledad.
Y yo no sé,
no sé como llegar,
y solo sé,
tan solo sé cantar
y agradecer
que puedo recordar
tus caricias,
piel de sol y terciopelo.
Perdida entre tu piel
se rie tu niñez,
se rie y vos te vas;
te abrazo donde estés.
Y yo no sé,
no sé como llegar,
y solo sé,
tan solo sé cantar
y agradecer
que pude disfrutar
de tus mimos de budín
y caramelo.
jueves, 20 de octubre de 2011
PERFIL IGNACIO RIZZI - 3º PARTE
Seguro
Para jugar al rugby en Francia cada jugador tiene que tener una licencia y un seguro. Ignacio Rizzi y sus compañeros extranjeros de Villeneuve Sur Lot utilizaban licencias distintas para cada partido, porque no tenían la original. El sábado 6 de octubre, el tesorero del club los llevó a tramitar la licencia al club D’agen. Como pudieron se apretujaron en un Renault 5 y viajaron 35 kilómetros: el tesorero al volante, Nacho, un sudafricano; ambos de 1,90 metros; y dos rusos de casi dos metros. Cinco personas, cuatro idiomas, poco espacio. No fue un viaje más. No fue un día más. Al día siguiente su cuerpo se iba a apagar por una lesión en la quinta y sexta vértebras cervicales. Al día siguiente los dirigentes de Villeneuve Sur Lot se preguntarían varias veces si la licencia y el seguro que tramitaron el día anterior le cubría a Nacho la operación, la internación y la rehabilitación. Eso mismo se preguntaron sus padres, José y Dora, después de enterarse por una amiga de la familia que Nacho no iba a volver a caminar, que lo habían operado y que estaba internado en Francia. Esa misma pregunta se hizo Dora mientras preparaba su viaje a Francia, para ver a Nacho y no sabía con qué se iba a encontrar.
domingo, 9 de octubre de 2011
PERFIL IGNACIO RIZZI - 2º PARTE
El viaje
José Rizzi empezó a jugar al rugby a los 14 años, jugó en Alumni, pero se retiró joven, cuando se casó con Dora. Luego de 20 años en la industria frigorífica, en la venta de medias reses para consumo interno, se sintió perdido, sin saber qué hacer. Probó tres años como empleado en una compañía de seguros y, paralelamente, desarrolló casi sin darse cuenta una pequeña empresa de ropa de rugby llamada Barbarians, que se convirtió en el primer rugby shop de la Argentina. Empezó con algunos bordados en remeras y sweaters para el San Isidro Club (SIC) y terminó con dos locales, uno en la calle Florida -la peatonal céntrica de la Ciudad de Buenos Aires- y otro en el barrio porteño de Belgrano. Fue en 1989, en el local de Florida, donde Ignacio Rizzi empezó a hacer realidad uno de sus mayores deseos de la adolescencia, viajar a Francia para poder ver algunos partidos del Mundial de Rugby 1991. Cuando el dirigente Marcó Sylvestre ingresó al local Barbarians junto a la delegación de Guyana Francesa, Nacho desplegó toda su seducción. Así consiguió que lo inviten a jugar un amistoso para la selección de ese país frente al equipo argentino Los Matreros.
La selección de Guyana estaba haciendo gestiones con la Federación Francesa para ingresar a jugar el torneo Sudamericano de rugby, en el que compiten países como Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile. Para eso invitó a Robert Antonine, Director General del rugby francés, para que evalúe el nivel del rugby de Guyana en un amistoso frente al equipo argentino Los Matreros. A esa gira de Matreros en 1989 viajó Ignacio, pero para jugar como refuerzo del país Colonia de Francia. Finalmente no jugó ese partido, pero se encargó de perseguir a Antonine para que vaya a ver el torneo de Rugby Seven en el que si jugó. No era un crack, tampoco un gran jugador, pero tenía una muy buena patada. Por eso quería que Antonine lo vea patear. Quería viajar a Francia y el dirigente podía ser su llave de ingreso. El hospedaje lo tenía asegurado en lo de los Lemarec, una familia francesa amiga de la suya.
A Buenos Aires no volvió. En Guyana trabajó en un taller mecánico, como patovica en un boliche y de disc jockey. Tenía 19 años y un único objetivo, juntar plata para poder viajar a Francia. Después de tanto insistir con Antonine, con unos pocos dólares en los bolsillos viajó a Europa, donde consiguió una prueba en el club francés Villeneuve Sur Lot…
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